La continuación de los puntos suspensivos

Hace algunos meses comencé a preguntarme si todo en mi mente concordaba, si las piezas del rompecabezas encajaban o simplemente ver si contaba con todas las cartas de la baraja para poder jugar en la vida. Así que comencé la psicoterapia para buscar esas respuestas que hasta el momento creí no poseer. Pero cual va siendo mi sorpresa al constatar que todo lo que vi en estas terapias ya me lo había preguntado antes, y peor aún, ya tenía la respuesta para esas preguntas.

En algún momento lo único que percibí al ir a terapia fue una gran tranquilidad al platicarle mis problemas a una persona que no me conoce y la cual solo me va a escuchar si le pago. Teniendo esto en cuenta, decidí que hoy fuera mi ultimo día de terapia; el último día en el cual vi a ese extraño individuo calvo con barba larga y un tono de voz como si anunciara un programa de Disney. La decisión no la tomé porque ese señor raro pero buena onda me causara alguna molestia, esto lo decidí debido a que acudir a terapia no me está ayudando como creí.

Mis creencias acerca de la ayuda que podía brindarme el psicoanálisis no sé si sean correctas, esperaba que lo obtenido ahí me ayudara a comprobar si las decisiones que he tomado hasta el momento en la vida me pueden ayudar con mis objetivos, que el terapeuta me ayudara a confrontar los demonios, pero al final solo resulta ser un mercenario que te vende un poco de su tiempo que crea un gancho al final para que puedas regresar a consulta.

Por eso hoy comienzo un blog que publicaré una vez a la semana (o antes si pasa algún acontecimiento importante), ya que a final, lo que parece que me resultó de la terapia es contarle a personas que no conozco lo que me pasa en la vida. Espero que al escribir estas cosas me ayude para desahogarme de las presiones de la vida cotidiana de una forma clara, creativa y sin censura (también gratuita, eso es importante).

Por ejemplo, hoy acudí al dentista para una reparación dental. Acudí a su consultorio con toda la disposición para que se lleve a cabo el arreglo en mi dentadura a la hora que habíamos convenido, ya estaba el dentista esperándome haciendo publicidad con su sonrisa. Este médico (no sé si los consideren así, pero cualquier persona que  tenga una bata y me ayude a sanar algo en mi cuerpo lo considero un médico) tan pálido que parece  que se desinfecta diario en cloro, me pide que tome asiento abra la boca, les juro que en ese momento me fije en la mejor ruta para huir en caso de que surgiera un caso de acoso.

Ya estando en el sillón con la boca abierta me pasaron por la mente muchas cosas, “eso me pasa por abrir tanto el hocico para tragar”, “lo bueno que los guantes son nuevos”, “¿eso se siente cuando te meten algo cubierto de látex en la boca?”, etcétera. El dentista me pide que me relaje y abra mas la boca, en ese momento repasé la ruta de escape mentalmente y fui abriendo la boca lentamente. El médico empezó a trabajar, quitando algo por aquí, limpiando algo por allá y al final poniendo algo que  posteriormente me dijo que mordiera.

Después de estar más de media hora con la boca abierta y con la mandíbula adolorida salí de ahí con un extraño sabor de boca, porque no recordaba que se sintiera tan raro un arreglo dental  y también ahora cada cierro la boca parece que estoy mordiendo algo y no he tenido hambre porque creo que estoy masticando. Espero poder solucionar eso, o ya les contare la semana entrante si bajé de peso o me dio anemia.

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Se busca un abuelo

Hace algún tiempo me di cuenta que mi vida estaba necesitando una persona que de vez en cuando te brinde un consejo, de esas personas que por su experiencia sepan que la estás pasando mal y te den un poco de sabiduría. Me hace falta un abuelo.

¿Por qué necesariamente debe ser un abuelo? ¿No me sirve un cantinero comprensivo o un taxista metiche? ¿Tal vez sea suficiente con un libro de algún escritor senil? Pues no, debe ser un abuelo.

Porque durante el poco tiempo que tuve un abuelo cercano (aún tengo uno, pero es más un amigo que solo ves para comer y beber), la figura de mi abuelo siempre me inspiró a ser mejor colo persona. Si, tal vez mis padres eran los que me ayudaban a sobresalir en cosas que ellos creían importantes, como la escuela y un poco a socializar con la gente; pero el abuelo siempre te hacía sentir mejor contigo mismo.

Recuerdo una vez cuando era niño y quería dibujar un caballo, le pedí ayuda a mi papá pero no obtuve la mejor respuesta. Salí al patio y traté de dibujarlo, pero lo que salió era más parecido a un perro con cola de gato, las patas de un pollo y un casco de soldado romano. Al ver que mis esfuerzos no daban los resultados deseados acudí con mi abuelo, ese hombre con manos recias por trabajar toda su vida, pero que cuando tocaba tu hombro brindaba gran calidez y seguridad.

Mi abuelo estaba trabajando en sus cosas, todavía recuerdo esa escena donde estaba reparando sus herramientas, escuchando al Buena Vista Social Club en su grabadora, acompañado de una cuba hecha con un poco de ron que guardaba en su taller, y con un característico olor a grasa al que te acostumbras después de un rato.

Pero bueno, al pedirle su ayuda mi abuelo sonrió y observó el dibujo que estaba haciendo, lo único que dijo fue “se parece, pero si lo arreglamos puede parecerse un poco más”. Fuimos arreglando ese pequeño caballo hasta que tomó forma, al final solo dije gracias y me fui corriendo para mostrarlo a mi mamá, al final del día el abuelo siempre estaba ahí.

Hoy necesito alguien que sea como mi abuelo, tal vez no es necesario que escuche música cubana o se esconda para beber un trago, pero agradecería que me dijera que podemos arreglar las cosas, por lo menos hasta que se parezcan un poco más a lo que quiero.